Lo que me pasó en Ueno
Aquel día no íbamos a ningún sitio.
Habíamos salido de un templo enorme que nos encontramos entre los árboles y seguimos andando, mi hermana y yo, sin mirar el mapa. Llevábamos el día entero caminando y parando en puestos de la calle a comer cualquier cosa que tuviera buena pinta.
Y de golpe apareció una plaza llena de gente. Había juegos montados, un concurso de canto y otro de a ver quién levantaba más peso. Nos quedamos parados sin saber qué era aquello. Miré a mi hermana y le dije «¿esto qué es?». No teníamos ni idea.
Seguimos bajando, salió el agua, salió otro templo, y se nos hizo de noche mientras estábamos ahí. Se encendieron las luces.
Detrás había una feria entera. Música, juegos y puestos de comida a los dos lados. En uno de ellos, una señora mayor hacía patas de cangrejo enormes y calamares a la plancha: les echaba salsa, los pinchaba en un palo y te los daba en la mano.
Nada de aquello salía en una guía. Nada en internet.
Y así es como acabé en un sitio que no buscaba, comiendo de pie, disfrutando de la forma más simple que hay.