Sección fija del plan Completo
Casi todo lo que hace especial un viaje a Japón se te pasa por delante sin que lo veas. No porque esté escondido, sino porque nadie te ha contado qué es ni cómo se hace. Esto va de eso: de las cosas que puedes hacer y no solo mirar.
Este es probablemente el mejor consejo de todo el documento, y casi nadie lo sabe antes de ir: en Japón hay sellos de tinta gratis por todas partes. No hablamos de templos: hablamos de estaciones de tren, tiendas, centros comerciales, museos, acuarios, zoos, miradores, castillos.
Cada sitio tiene su diseño propio, con el dibujo de lo que sea famoso allí. Te lo estampas tú mismo, no cuesta nada y no hay que pedir permiso ni saber japonés.
Al final del viaje tienes una libreta llena de sellos de sitios que ni recordabas haber pisado. Es el souvenir más barato y más personal que existe, y convierte el viaje en una especie de búsqueda del tesoro.
Casi todas las estaciones grandes de JR tienen el suyo. También Shibuya Sky, teamLab, el Skytree, los castillos, los acuarios y buena parte de los museos. En el propio Senso-ji hay varios. Una vez empezáis a buscarlos, los veis en todas partes.
Esto es distinto de los sellos de tinta de arriba. El goshuin no te lo estampas tú: te lo hacen a mano. En cada templo y santuario de Japón hay un mostrador donde, por unos 300–500 yenes, un monje coge tu cuaderno y te dibuja a mano, delante de ti, una caligrafía con el nombre del templo y la fecha de tu visita, sellada en tinta bermellón.
No es un souvenir impreso. Es único, tarda un minuto en hacerse y es distinto en cada sitio. La tradición viene de hace más de mil trescientos años, de cuando los peregrinos copiaban sutras a mano y recibían un sello como prueba.
Al final del viaje tendrás un cuaderno lleno de caligrafías hechas a mano, en orden, con las fechas. Los dos sistemas se pueden combinar: la libreta barata para los sellos de estación y el goshuinchō para los templos.
Se pide diciendo: 御朱印をお願いします — goshuin o onegai shimasu ("un sello, por favor"). Con enseñar el cuaderno abierto basta, pero decirlo cambia la cara de quien te atiende.
Se rellena en orden, primero una cara entera y luego la otra. Y no vale cualquier libreta: si pides el sello en un papel suelto o en una agenda normal, es probable que te lo rechacen.
Esa fuente de piedra con cazos de madera que hay nada más entrar no es decoración ni una fuente para beber. Es donde te purificas antes de acercarte a rezar, y casi todos los turistas pasan de largo sin saber qué es.
Muchas ya son de chorro corriente y sin cazos. En ese caso basta con enjuagarte las dos manos. No hace falta lo de la boca.
Tiene nombre propio: nirei-nihakushu-ichirei, que literalmente es "dos reverencias, dos palmadas, una reverencia". Verás a los japoneses hacerlo en cinco segundos y parecerá complicadísimo. No lo es.
En los templos budistas (los que acaban en -ji, como Senso-ji) no se dan palmadas. Solo se junta las manos en silencio. Las palmadas son de los santuarios sintoístas (los que acaban en -jingu o -taisha, con puerta torii a la entrada). Distinguir uno de otro por la puerta ya te pone por delante de casi todos los visitantes.
Bolsitas de tela bordada que protegen de algo concreto. No son un souvenir genérico: cada una sirve para una cosa, y elegir la correcta es parte de la gracia.
| Amuleto | Para qué |
|---|---|
| 交通安全 · kōtsū anzen | Seguridad en los viajes y el tráfico |
| 健康 · kenkō | Salud |
| 学業成就 · gakugyō jōju | Estudios y exámenes |
| 縁結び · enmusubi | Encontrar el amor o afianzarlo |
| 金運 · kin'un | Suerte con el dinero |
| 安産 · anzan | Buen parto |
No se abren. Dentro hay una tablilla con una oración y abrirlo anula su efecto. Y duran un año: la costumbre es devolverlos al templo pasados doce meses, para que los quemen en una ceremonia. Si no vas a volver, no pasa nada; pero sabiéndolo, se entiende por qué son tan baratos.
Tablillas de madera pequeñas, con un dibujo por una cara. Escribes tu deseo en el reverso y la cuelgas en el panel con las demás. Se quedan ahí a la vista de todos.
El nombre significa "caballo pintado": hace siglos se donaban caballos de verdad a los santuarios, hasta que alguien pensó que salía más a cuenta dibujarlos.
Pásate a leer las que ya están colgadas. Están escritas en todos los idiomas y son deseos de gente real: aprobar unas oposiciones, que un padre se cure, encontrar trabajo. Es de las cosas más humanas que vas a ver en el viaje.
Agitas un bote metálico hasta que sale un palito por el agujero, miras el número que lleva y abres el cajón con ese número. Dentro está tu suerte escrita, muchas veces con traducción al inglés.
Va desde daikichi (gran bendición) hasta daikyō (gran maldición), pasando por varios grados intermedios. El Senso-ji tiene fama de repartir bastantes malas.
No pasa nada: se ata a las barras metálicas o a las ramas que hay al lado, y la mala suerte se queda ahí cuando te vas. Si te sale buena, esa te la llevas contigo.
Da respeto la primera vez, y es normal. Pero las normas son pocas y muy claras, y una vez las sabes es de las mejores experiencias del viaje.
Muchos onsen todavía los prohíben, por su asociación histórica con el crimen organizado. La situación está cambiando, pero cuenta con ello: busca sitios que digan expresamente tattoo friendly, o alquila un baño privado (kashikiri), que muchos ryokan ofrecen por horas.
Entras, hay una máquina con botones y fotos, y detrás una cola de japoneses esperando a que te decidas. Se pasa mal la primera vez. Después es lo más cómodo del mundo.
Si te bloqueas, señala la máquina y di すみません — sumimasen. Alguien vendrá a ayudarte, y lo hará encantado.
Nadie planifica ir a una tienda de conveniencia, y sin embargo van a ser dos de los sitios que más recordéis. Merecen que se hable de ellos.
Los konbini (7-Eleven, FamilyMart, Lawson) no son como los de aquí. Están abiertos veinticuatro horas, hay uno cada doscientos metros y la comida está buena de verdad: el sándwich de huevo es famoso en el mundo entero, los onigiri se envuelven de una forma ingeniosa para que el alga siga crujiente, y los postres de temporada cambian cada pocas semanas.
También son vuestro cajero automático (los de 7-Eleven aceptan tarjetas extranjeras sin problema, y no todos lo hacen), vuestra impresora, y donde pagar entradas y reservas. Y tienen baño limpio y gratis.
El Don Quijote —«Donki» para todo el mundo— es un bazar de varias plantas, abierto casi siempre hasta muy tarde, con una organización caótica a propósito y una canción pegadiza sonando en bucle que no os vais a quitar de la cabeza. Hay de todo: cosmética, snacks, electrónica, disfraces, maletas, whisky japonés. Es donde se compran la mitad de los regalos del viaje.
Cualquiera de los dos sirve para haceros con el cuaderno donde ir estampando los sellos de estación. Cuestan un par de euros y no hace falta nada más sofisticado.